05 febrero 2010

Un jaguar en el metro y otros cuentos

Un jaguar en el metro
y otros cuentos

Manuel Suasnávar Pastrana

Reservados todos los derechos. En contenido de esta publicación no podrá reproducirse total ni parcialmente, ni almacenarse en sistemas de reproducción, ni trasmitirse en forma alguna, ni por ningún procedimiento mecánico, electrónico o de fotocopia, grabación u otro cualquiera, sin el permiso por escrito del autor.

Primera edición.
Impreso en los Talleres Gráficos del Estado de Chiapas.
1995.

Ilustración de la Portada -1969
Manuel Suasnávar P.

Diseño y supervisión
del propio autor.

Editado por:
La Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas
Gobierno del Estato de Chiapas.

Un jaguar en el metro
y otros cuentos.

Manuel Suasnávar Pastrana

Gobierno del Estado de Chiapas.

Universidad de Ciencias y Artes del Estado de Chiapas.

PROEMIO


Del trópico cálido y húmedo a la montaña feroz e intransigente. De la selva agreste y añeja al plácido sueño de los esteros. De la riqueza histórica al saqueo. De las tradiciones más puras a la vulgaridad de un modernismo ramplón e intrascendente. De los poetas más altos a los mercenarios de la palabra. Chiapas es ante todo contraste. De la abundancia a la pobreza. Del silencioso andar indígena al bullicio del guacamayo.

De la Costa al valle. Del valle a la sierra.

Los elementos en contraste no se excluyen, se complementan. Forma y contenido son indivisibles, tanto, como hombre y sociedad. La expresión de algunos de ellos es única. Vale en sí misma, cuando vale.

En mi propia expresión, el contraste es el elemento más importante. Una imagen realista se contrasta con lo maravilloso poético: La cándula carcajada con la instropección profunda y dolorosa. Contrasto ritmo y color, dimensiones y estilos. Del hiperrealismo a la caricatura.

De lo urbano a lo moral.

Del contraste más antiguo Hombre/Mujer, nace el erotismo, la forma más sublime de contraste.

A la obra de arte nos podemos acercar apreciándola como expresión individual o como expresión social. Cada autor, imprime su propia visión del universo en cada obra, éstas, en su conjunto, nos revelan cómo los hombres y mujeres nos hemos visto, en contraste, representando cada momento de la historia.

Quizá el erotismo en el arte sea la forma que más contiene del ser social y de sus trasnformaciones. Quizá el erotismo -su prática, su inhibición, su comercialización y su desarrollo- sea la forma que mejor define la conflictiva moral, ética y estética de nuestra sociedad y su devenir. Los contrastes Eros / Tanatos; Apolíneo / Dionisiaco, son sin duda contrastes políticos. Las sociedades más abyectas y antihumanas han inventado la expresión más anti-erótica de la humanidad, la guerra. En los sistemas más rabiosamente totalitarios encontramos las más duras expresiones al cambio de valores estéticos y al ejercicio de lo erótico como expresión de libertad.

Lo erótico junto a lo bello representa lo sublime. La prostitución de lo erótico, en contraste, lo denigrante.

Lo erótico pues, conlleva una práctica individual y una social, en ese sentido puede ser democrático si llevamos a él la misma libertad que le exigimos al arte.


LOS MALOS VIENTOS


Dulcia non meminit, qui non gustavit amara

No recuerda lo dulce quien no ha probado
lo amargo.

(Aforismo medieval)

En memoria de Joaquín Vásquez Aguilar

Allá en Puerto Arista los murmullos los trae el mar. Algo tienen de salado los grillos y el colibrí. Dicen que chupaflor, cuando ya está viejo, vuela mar adentro hasta que sus cansados brazos ya no pueden más; entonces, se abandona a la muerte y cae al mar. Si ahí mismo lo encuentra la mantarraya, ahí mismo lo devora y ella, puede salir del agua y volar a invisible velocidad. Por eso, cuando empiezan a defenderse las palmeras y ese silbar llena el aire de miedo, los viejos le rezan a San Marcos para que la torne al mar y así acaben los malos vientos.

Aquella noche salí corriendo al monte. Escondí la culpa bajo el anona. Acomodé mi cuerpo y me cayó el sereno peso de la humedad. Allá en el manglar, a la piel le crece musgo y uno parece coco de agua salada. Sólo para darse al viento sirve el sudor. Dicen que es agua maldita.

Nunca antes había tenido el miedo adentro de los huesos. Nunca había sonado mi voz como si fuera viento. Cuando llegué la "Federal" habitaba el llanto y sentía frío en los ojos, en el centro de la espalda, abajo de la piel. A veces el rencor tiene cuerpo de distancia; en mi memoria, tu piel desnuda se hacía lejana bruma de madrugada y tus pasos descalzos, cayuco en ruta al olvido.

Hubieron de pasar, por lo menos, dieciséis años antes de que la volviera a ver. ¡Cómo cambia la gente con el tiempo! Ella también pensó lo mismo pues se me quedaba viendo con la curiosidad que sólo se tiene para con las iguanas viejas.

Después de dieciséis años caminamos dos horas, aquí en la capital. Dos horas sin decirnos nada. De vez en vez, al cruzar la calle, me encontraba con sus ojos vivos y tristes. Al apresurar el paso nos reíamos mucho sin saber por qué. Nunca he sabido qué gusto le hallamos al silencio. Caminamos sin decir nada; como cuando te encierras en el recuerdo y nada sucede a tu alrededor. Así fue ese día. La verdad es que yo lo recordaba todo, como si en ese mismo momento se repitiera el color del paisaje, el húmedo calor. No sé cómo pude salir huyendo después de darle dos piquetes a su marido; a él le costaron la vida, a ella el sueño y a mí la libertad.

Me llevaron al silencio. A cerro hueco. El tiempo que estuve preso no hablé. Tenía miedo que al abrir la boca, saliera volando tu nombre. Huyendo de mí. Escapando de mis entrañas. De eso modo perdería lo más importante que guardaba: tu nombre. Por eso no hablé. Durante mucho tiempo guardé tu risa, tus ojos de entonces, tus pechos negros y salados. Tus labios ajenos.

Muchas veces desperté sudando. Agitado como venado recién baleado. Me perseguía tu cara de niña, a veces garza en vuelo. La hamaca se encargaba de retomarme al lanchón de pescador cautivo. Dentro del mar infinito de mis ojos cerrados, recorría las calles, los esteos, el manglar. Volaba y era gaviota. Te encontraba en el río con la piel brillando de perlas húmedas. Al buscar tu cara de india y negra, descubrí tus enormes dientes. Copra madura. Collares cantores de blanco purísimo.

Entonces volví a la rutina, a tejer; a tallar madera y cuero. Solíamos hacer barcos con navegantes imposibles. Dotábamos de tripulación a esas antiguas -recién fabricadas- naves de color historia, velas de corcho y anclas de hueso. Me trepaba en ellas convertido en marinero extranjero con niforme nuevo, así conocí todos los mares y puertos e inventé países en guerra que duraron, mis dieciséis años de encierro.
¡Cómo cambia la gente con el tiempo!

ALFARERA

Amor, qui magister est optimus
"El amor, que es el mejor de los maestros"

(Plinio, Espístolas 4, 19, 4)

A Elsa Cancino

Esta noche, me djjo... y salimos huyendo. Dejamos atrás a su madre y hermanos sin otra esperanza que el tedio como destino. Al principio yo tenía catorce años y ella con dicisiete no se dejaba ver desnuda. Mis manos, bajo la sábana en medio de la noche, buscaban su piel de tamarindo. El olor de hembra entró en mi ser con fuerza de destino; por eso, cuando estoy dentro de alguien a punto de venir, siento un oleaje desde mis huesos, espuma de un mar íntimo que navegará mis venas con la misma fuerza que aquellas olas.

Esta noche, me dijo... y todanía no sé cómo florecieron tantas palabras nuevas y coloridas que envolvieron a la tía María Lipa hasta que, del viejo paliacate rojo, sacó dos mil pesos que puso en mis manos mientras decía: si no encontrarás a don Efrín, regresás.

Efrín tenías las llaves mágicas que calmaban la sed de esas tierras secas y atropelladas por el olvido. Dos mil pesos había que entregarle al comisariado ejidal, para que dejara escurrir el líquido sagrado que humedecía esas lajas tendidas. Durante el camino me fui reprochando -una vez más- cómo vine a nacer en este pedazo de salitre. Cómo fue que caí en esta isla de huizache.

Cuando tuve el dinero en mis manos, salí corriendo lleno de sueños. Ella me esperaba abajo, cerca de la carretera. Arrastraba una caja de cartón amarrada con mecates que, de tan viejos, dejaban escapar un lamentable llanto. Como si no quisieran ir con nosotros a incendiarse de noche.

Sus ojos cínicos, en silencio se llenaron de miedo y se hicieron cada vez más grandes. A un punto estallaron de risa. Junto con la mía, su mirada se fue rodando camino abajo, donde indiferente raya, atravesaba la carretera.

Dos mil pesos juntaba la tía María Lipa entre los medieros. Así se abrián las compuertas de la represa. Esta vez, así se abrieron las puertas del autobús Cristóbal Colón, que nos llevó a la Boca del Cielo.

Al bajar el cerro de la Sepultura, el olor del mar se hacía más vivo. Penetraba al autobús repleto de voces, senos y sudores costeños. Todo lo había soñado, también, el color del mar a carcajadas.

La montaña nos ofrecía sus mejores cantos. Barrancas profundísimas. Flores enormes. Palmeras que arañaba el azul intransigente de un cielo nunca tan cercano. El sol que empezó atravesar los vidrios oscuros, dotó a sus cabello de un brillo rojizo, que sirvió para imaginarla costeña y besarla sin abrir los labios. Mis ojos instalado en los suyos, entonces, de una ternura mustia. De un amor ladino. De un deseo cálido y adolescente.

Descubrí el canto de color que dice el mar. No se parece en nada, al silencio que transcurre el agua triste de la represa. El agua del mar refresca el cuerpo. No se puede beber, nomás verlo, a uno se le va la sed al alma.

Todos los días, caminaba por la playa. Era un placer exquisito sentir cómo uno a uno, esos granos de arena escurrían por entre los dedos de mis pies que, a fuerza de andar descalzos, se habían separado como pétalos magníficos de extraña flor tropical. Dos pasos atrás, ella dejaba volar el pelo. Su vestido blanco se untaba morboso en pechos y muslos, que ya para entonces tenían el brillo que da la costa y da el amor. De aquel café opaco y craquelado, no quedaba nada.

En las noches, allá en el estero, sobre la hamaca, caía en mí su dorada piel y con líbido fuirosa, mordía mis pechos de pezón ngro. Flor de indio. Sus manos campesinas, tornaron de artesana y modelaron mi barro con la maestría del que hace crecer la pella en el torno. Cultivaba mi sexo como alfarera, diestra moldera, hasta vidriar el barro negro de su cuerpo con el magnífico esmalte blanco de mis adentros. Al salir del horno, éramos dos piezas únicas. Acabadas obras maestras de la alfarería viva, torneados a mar y viento.

UN JAGUAR EN EL METRO

Vuit te Deus facere similem sui, et conaris tu Deum facere similem tui.
Quiere Dios hacerte igual a él y tú te esfuerzas en hacer a Dios igual a ti.

(San Agustín, Sermón 9, 8)

A todos los licenciados del mundo.

Qué aburrido es el invierno. El despertador tiene la insolencia de sonar cuando aún es noche. Me gustaría quedarme entre sábanas rascándome la entrepierna y bostezando todo el santo día, pero... pensar que hoy empieza la semana y tengo que soportar al imbécil de mi jefe que todos los lunes llega de mal humor... y la indecente Chayito Prigrionne, con su vocesita chillona diciéndome "ay manito te estás quedando pelón". Estúpida.

Cómo me crecen las uñas de los pies, ¡carajo! No hay champú. Esta regadera siempre trae menos agua. Qué tristes son estos hilos que resbalan por mi piel. Si al menos fuera sábado, iría a los baños de vapor. Ésa sí es regadera. El poder del chorro le golpea a uno. Arrasa. Así debería ser todo, ah... pero no. No y no. Todo lo han de manchar con su sucia política. Esta pinhe regadera a veces trae agua ardiendo y a veces helada. ¿Qué desorden, así no se puede.

¿Vulgar? La nueva secretaria con esos vestidos tan pegados al cuerpo. Esos colores atiplados. El rubor en proporciones ofensivas. Cuando me ve, mueve el trasero muy ostentosamente. Debo tener cuidado, seguramente me querrá seducir. Que chasco se va a llevar. Ya me veo haciéndole el amor a semejante india. Sí como no. Esos senos tan desproporcionados no empatan con mi refinado sentido del gusto. Siempre tiene algún pretexto para acercarse más de lo que el decoro aconseja. Inescrupulosa. No sabe de lo que soy capaz.

Hoy llevaréla corbata azul celeste. Es tan fina y delgada como mi bigote. Cada vez me gusta más esta loción. Por algo es la misma que usa don Carlos; valió la pena hacer el esfuerzo en tres pagos. Me da seguridad. En el metro, soy un jaguar. Las mujeres se ponen nerviosas al sentir el excitante aroma. Claro, tabién las desconcierta este ejemplar maduro y serio. Derrocho sexualidad.

Es una pena que ahora las mujeres sean tan materialistas. No les importa crear familia decente, respetuosa de los principios y tradiciones que Dios les asignó. Cada día se ven menos en el templo. Ahora van por la calle mostrándolo todo. Sin el menor recato. Todo se les señala, ¡qué horror! Los hombres parecen mujeres, las mujeres parecen hombres. Nada está definido, son los tiempos del cambio.

Que bien me queda este traje azul. Tomé el modelo de una fotografía del jefe. Puede decirse con toda propiedad, que soy un hombre moderno. ¿Cómo me vería de presidente? Sería un gran orador. Ejercería el poder con firmeza y ternura, un patriarca de la ley y el shopping. La justicia sería mi consigna y vida nueva mi paradigma. Así no tendría que soportar a la Chayito Prigionne pidiendo: ¿ay manito, checas mi tarjeta? Un día le voy a enseñar todo lo que hay detrás de estas gafas. Le voy a mostrar los secretos que guardamos los hombres del temperamento y la pasión. No sabe de lo que soy capaz.

Tendré que darme prisa, el licenciado me odia los lunes. Ya parece que le oigo: ¡estos papeles urgeeen!, pídele que firme la póliza, llévale la ampliación del contrato. Como si todo en la vida fuera llevar y traer papeles, mientras esas tipas se pasan la vida arreglándose las pestañanas, claro, como son amiguitas del delegado sindical.

Comeré torta de tamal antes de subir al metro. Esa mujer debe ser un auténtico energúmeno, por eso, le mete tanto chile a los tamales. Un humeante atole de piloncillo. Es increíble que el pintor no conozca el orden administrativo. Se le nota hasta en su manera de vestir -Uff... sí que está caliente este brebaje-, se pasa el día arriba de esos andamios, pintando ese estúpido mural. Ni siquiera tien registro de filiación hacendaria. Ahí va con sus pinceles, se siente libre. Vaya insolencia, como si la libertad se encontrara al margen de la institucionalidad. Es un paria fiscal en desdoro de la modernidad. El colmo, pintar esas mujeres desnudas en un edificio público, no, si ya no hay valores.

Si yo fuera jefe del licenciado le ordenaría: hable con el pintor y exíjale poner en orden su ruta crítica. Impóngale una auditoría a la fantasía. Un impuesto a la invención... no le haremos afectiva la próxima administración. A los desnudos, aplíqueles todo el rigor de la ley. ¡Oh, qué tonto!, olvidé bolear mis zapatos.

Esta lluvia pertinaz y yo sin boletos de metro. Es una suerte que haya portado conmigo el paraguas. El frío y la humedad me traen recuerdos de infancia, allá en San Cristóbal de Las Casas. Aquel bodegón al fondo y tras las columnas de madera, la tía Esperanza llenando los embutidos y ahumando los jamones. La prima Teté y sus cabellos siempre olorosos a jabón de miel. Cómo olvidar aquella tarde en que rozó su mirada en mis ojos y me dejó su aliento tocado de recuerdo. Le venero la más dulce de las evocaciones.

Ahora tengo que vivir en medio de esta mierda, contaminando con la insolente vulgaridad que todo lo ahoga. Ahí va, arrogante, Pita Corripio. Cree que no sé de todas las cochinadas que le hace al jefe. Siente ser la más bonita porque es la secretaria del licenciado. Si no fuera por mis recuerdos, que guardo en un nicho, la vida no tendría sentido. Odio el metro y las multitudes. ¡No saben quién soy! Debería haber vagones de primera y de esta segunda. Así, no tendría que soportar a esta mujer que viene enterrándome el codo en las costillas. Ni el olor de este tipo que majaderamente acerca su axila a mis narices. Esta otra que coloca su trasero delante de mí, seguro ya sintió las proporciones de mi hombría y el fragante olor de mi loción. Pensará en seducirme con esa finta de puta. Qué pobreza de espíritu.

La estación del metro es el mismísimo infierno. Se me arrugó todo. En fin, la corbata con un nuevo apretón quedará en su sitio. Creo que llegó el momento de hablar claro. Diré al licenciado lo que por recato he callado. Haré acopio de valor y lo diré todo, total soy hombre llamado al futuro. Empezaré así: señor licenciado, ya es tiempo que me tenga una mayor consideración profesional (debo imprimir tono de réplica (he servido a la federación por más de veinte años, he sido leal y honrado soldado de la institucionalidad; eso sí que suena bien. Señor licenciado: concurro al podium de la imparcialidad para hacer un llamado desde el oráculo de la verdad... no, no entenderían mi formación helénica, son tan ignorantes. Qué inmensa satisfacción siento cuando checo mi tarjeta cinco minutos antes que todos esos vándalos. Subiré por las escaleras lentamente, sin la intranquilidad de la prisa.

Todos los días es lo mismol Limpiar mi escritorio. Sacar la máquina de sumar. Punta a los lápices. Papel corrector. Cuartillas impecablemente blancas. El sello. El fechador. El montón de expedientes que tengo que integrar. El papel sanitario. Aquí está la invitación a la fiesta que organiza la servil Pita Corripio ¿Motivo? el cumpleaños del licenciado. Cooperación: cincuenta nuevos pesos. Son unas oportunistas. Quizá piensan que no faltaré. Ignoran qué clase hombre soy. No comparto los espectáculo de bailes indecorosos y alcohol. Son cómplices de pecado y deshonor. Lo sieto mucho, pero no me presto a semejantes actos de barbarie sexual. Este es el expediente técnico del pintor. Qué hombre tan retrógrado. Lo que más me disgusta de él, es la sonrisa de sus ojos. Mañana -dice- y mañana otra vez.

Ya le hice saber nuestra decisión y nuestros ordenamientos superiores, sin embargo, parece que no entiende. Sólo pinta. Ni siquiera se digna a volver la mirada. El otro día estuvo el licenciado Cordero Borrego y ni a él le hizo caso, por más que le mostró la normatividad y el código fiscal. Está epñado en pintar sin contemplaciones. Parece un hombr enfero. Creo que estamos ante un terrorista, un subversivo. Un militante de la utopía.

Cada día que paso esto me huele peor. Creo que hemos llegado a límites intolerables. El pintor -con esa risa manchada de colocres- se muestra más rebelde. Al lado de esas indecentes figuras desnudas, apareció, así nomás, un buitre. Impecablemente vestido y con su corbata azul como la del jefe. Protestaré, eso no está en el proyecto original. No forma parte del plan de desarrollo de la obra. Le diré: bórrelo inmediatamente. Su atrevimiento es intolerable. Es un atentado que afecta los usos y las costumbres. Cada pincelada será sometida a contraloría del ingenio. Tendré que poner en juego toda mi patriótica censura. Quizá consiga, después de todo, el ascenso a que tengo derecho, son tantos años de apacible discplina partidista.

Nunca había estado en encruijada tal. El licenciado me ordenó parar el escándalo. Frenar a como dé lugar, las conspícuas fantasías del pintor. Pero... él está enajenado. Parece no oír nada. Está en otro mundo. No repara en mis vehementes llamados a la cordura. Mañana -dice- y mañana otra vez. En tanto mi futuro está en peligro. No es justo que un aventurero ponga en riesgo una digna carrera de servidor público, hecha con tantos sacrificios, a lo largo de todos estos años.

Para mi desgracia, ésta tarde cuando llevé el memorándum, donde se informa de las instrucciones del licenciado, encontré en el mural una nueva afrenta. Las partes más abundantes de la compañera pita Corripio estaban representadas con cinismo y exageración. El colmo llegó cuando me percaté que el rostro del personaje era de tapir y evocaba con un discreto parecido al del licenciado. El sindicato tendrá que intervenir.

En la parte más alta del andamio, el terrorista de los pinceles no se había percatado de mi presencia. De mi asombro. De mi indignación y cuando abría los ojos hasta el espanto y cruzaban por mi mente los más horrendos temores, apareció de pronto Chayito Prigionne con la vulgar carcajada que siempre la acompaña, y me dijo: ¡ay manito, tú deberías ser pintor!

Por fin terminó la jornada. Olvidaré todas estas vicisitudes, bien dicen que los problemas de trabajo no hay que llevarlos a casa. Mañana será otro día. Un día decisivo en mi vida. Hablaré con el licenciado y ya conocerá al hombre que habita en este modesto y educado ser. Lo que sucede, es que le lleno de envidia. No pueden tener ésta fortaleza de espíritu y no tienen mi carácter sólido y contumaz, se sienten acomplejados y no permiten que avence en mi carrera de servidor público. Son gentes muy menores.

Al pintor lo pondré en su lugar. La historia me absolverá, como decía aquel patán. A la larga, la federación me hará un sentido reconocimiento y quizá el licenciado me entregé una medalla al mérito, un aumento salarial y una mujer posición en el organigrama, todo por mis servicios prestados a la patria con lealtad y prístina disciplina. Me lo merezco. Ya no aguanto más estos zapatos que aprietan mis callos. Tendré que pasar al súper antes de llegar al metro.

Quizá ya está llegando la hora de tener una mujercita en casa. Ya no estoy en edad de preocuparme por lavar mi ropa. Además, los médicos opinan que es saludable. Así no se inflama la próstata, el corazón funciona mejor y no habría tantas mujeres detrás de mi partido... En fin, ya llegará cuando "el" quiera. Por lo pronto, un poco de mantequilla, leche, pan y mermelada.


Será una mujer frugal, delgada, recatada, creyente y disciplinada. Sí, sobre todo disciplina. No me puedo imaginar acostado, desnudo, al lado de una de esas mujerzuelas, como Pita Corripio o Chayito Prigionne. Con esos sus olores a noche y aliento a cigarrillo. Con esas carcajadas del demonio, siempre llegando tarde a todas partes. No. Eso no es para mí. Aunque a veces, debo confesarlo, la imaginación me trastorna y pienso las perversidades de que es capaz este jaguar que llevo dentro. No por nada nací cerca de la selva. Soy una betia sexual del trópico. Moderado por mi educación coleta, pero con instintos incontrolables. No saben de lo que soy capaz. Subiré al metro con cuidado. ¿Dónde dejé el boleto?... estas cajas de huevos podría romperse. Ay... mis juanetes.

EL MAL

Eripere vitam nemo non homini potest; at nemo morteam.

Cualquiera puede quitarle la vida a un hombre,

pero nadie puede quitarle la muerte.

(Séneca, Phoenissae 152)

A Carlos Escamilla Bruckman

En el año mil novecientos sesenta y ocho, el ilustre pedagogo Sunftien Hanstraigert azotaba brutalmente a sus hijos. Saskia de ocho años, Trouvel de onche y Ashia, la menor.


Ese mismo año, el Estado reconoció en ceremonia pública los altos méritos académicos y los servicios prestados a la patria por tan distinguido humanista. Tres años más tarde, Saskia, hermosa púber de lacios cabellos y ojos vivaces, fue condenada y ejecutada -a palos- por haber asesinado a su padre de ciento veintiséis puñaladas (sin contar los golpes que cayeron en heridas ya abiertas) y por haber torturado hasta la muerte a sus hermanos, cuyos cadáveres disolvió según fórmula del siglo tres D.C; una densa y viscosa eflorescencia desprendió al incorporarle bálsamos y óleorresinas, ceniza de sosa y goma de Senegal.


La corte dudó cuando Saskia, a cambio de su vida, ofreció revelar un procedimiento que, según dijo, salvaría a millones de un terrible mal. Ningún científico o jurisconsulto se atrevió a contradecir su dicho, por supuesto, tampoco a suscribirlo.

"Hoy primero de enero de mil novecientos noventa y cuatro, ante este bello monumento a la nación, nos es muy grato develar esta placa de bronce que honra la memoria ilustre y precoz de Saskia Hanstraigert; humanita malograda, a quien debemos, a pesar de su última voluntad y gracias a un descubrimiento fortuito la vacuna que nos libra, para siempre, del mal humano por antonomasia: la razón".

Los místicos colores de Artemisia Gentilleschi

Animus quod perdidit optat

El espíritu da lo que ha perdido

(Petronio 128, 6)

Para Rita Schito

Mancha roja

Desde su primer verano en el Puerto, Artemisia Gentileschi transformó el negro de sus ojos en agua marina; color sólo visto ciertos días en que la neblina se recostaba sobre la vahía y volvía terciopelo el mar.

Cuando sus padres, viejos lombbardinos, bajaron a Venecia, los canales se excitaron con tal fuerza que se levantó un rumor por toda la costa del Adriático, anunciando el cumplimiento de un antiguo presagio. El Sacro Cuore sentenció: sólo el arribo de un gran artista podría conceder semejante gracia.

Los gondolores, acostumbrados a tratar con mercaderes de arte, aseguraron al verle: tendrá genio, pues tiene la mirada más luminosa, aún que todas las candelas de San Marco.

En mayo de 1612, la para entonces bella y precoz joven de cabellos rubios, fue llevada por su padre hasta el taller de Agostino Tassi, afamado discípulo del Caravaggio, quien afirmó: el brillo de sus ojos es de naturaleza divina.

Después de cubrir algunos trámites de carácter contable y de asegurarse de la solvencia moral de la familia Tassi, Orazio Gentilleschi ofreció la bendición a su hija, quien desde esa hora tendría que encender el horno, traer vino de la cantina y heñir la pasta. A edia tarde podría asistir al taller de pintura. Los dos primeros años, sólo conoció el mortero donde mezclaba los pigmentos pulverizados con aceites decantados en oriente, goma arábiga y polvo de Carrara. Así se inició en el oficio.

Una mañana al despertar, percató en sus muslos de seda una mancha roja, algo le dijo que no volvería a soñar. Al notar cómo cambiaba su mirada, notaba también que sus proporciones se alteraban y su cuerpo adquiriría una desagradable esbeltez. Un desconocido olor se instaló en la cresta de sus adoloridos pezones. Por las noches descubría sus manos trenzadas, apretando con tal fuerza, que muchas veces hicieron sangrar sus uñas de cartílagos dulces. Uno de esos días, Artemisia descubrió placer en el dolor y la soledad.

Ese mismo año, al llegar el otoño, fue poseída por dos sentimientos muy claros, a la vez opuestos y contradictorios. Por un lado, sus primeros años de juventud le revelaron una firme vocación y una admiración patriarcala por Agostino Tassi, quien como beato le dirigía los pinceles en el secreto reposo del que habita la belleza. El maestro se empeñaba en mostrarle las técnica del pútrido, las veladuras y las transparencias; la encáustica y el fresco. Con afán didáctico, tierno y caro, la persuadía también del místico sentido de la oración. Leían juntos las sagradas escrituras y cumplían religiosamente con todos los ritos que imponía el Santo Oficio. Por otro lado, la repulsión era absoluta. Si Agostino le miraba, sentía que finísimas agujas se acomodaban en los secretos de su alma. Sólo escucharlo le provocaba la sensación de ser ocupada por un veneno repugnante que le causaba náuseas, vómitos y exudaciones delirantes.

Artemisia cayó postrada. Los más afamados médicos no encontraron la razón de sus males. Ella sabía que en soledad sanaría. Enterraba la mirada en el dorado intransigente del otoño y padecía la contradicción, cada hora más infausta. Amaba al maestro, admiraba su belleza, despreciaba al hombre. Deseaba verlo y odiaba su mirada. Desearía tocarlo, besarlo, mas podría morir de horror si él detuviese en ella, uno sólo de esos geométricos dedos. Pensarlo le causaba un profundo desasogiego, terror y asco.

Hasta la Lombardía llegaron las noticias del decaimiento de la joven artista. Su padre dispuso el penoso viaje. El invierno veneciano vio llegar a Orazio. Una profunda neblina y la marea alta lo esperaron cubriendo de frío su ánimo. Cruzó rápidamente la plaza después de echar un fugaz vistazo al pórtico de San Alipio.

Llegó con los pies mojados. Su capa de fieltro pesaba dos veces más. Por boca y nariz escapaba un grueso vapor. El cenicio hería sus mejillas rosadas y sus ojos parecían tener el filo del hielo. El portón del palacete esperaba magnífico. Lamó tres veces.

Artemisia desde su lecho escuchó la voz de su padre y sintió su cercanía. Al verlo, lo encontró muy bello. Con ese extraño halo que poseen quienes están seguros de su condudcta. Vivió un estremecimiento muy grato. Rápidamente hizo un recuerdo de sus mejores recuerdos. Se levantó trpidante y pintó siete tablas sin conocer descanso. Por primera vez tuvo ante sí a un modelo -varón- desnudo. De esa época provienen Judit y Holófernes, David y Betsebá y otras obras, ahora, muy famosas.

Tassi guardaba en secreto sus deseos. Por las noches, cuando ella se abstraía en la grisalla de aglún cuadro, sin ser sentido, el maestro recorría ávidamente esas espaldas olorosas a dulces alcanfores de Trieste. La adivinaba desnuda, con sus pocos años, sus caderas escasas y su dorado pelo, como de madona bizantina.

Sepia y gris

Uno de esos días, Orazio llamó a su hija. La tomó de los hombros y le hizo cierto un presentimiento. Había sido cedida en matrimonio al amado y repugnado Agostino Tassi. Su rostro se llenó de luz verdosa. mientras su padre le hablaba de las ventajas financieras que esto suponía. El prestigio, experiencia, belleza y cultura del maestro, además de sus atributos como hombre pío y religioso. Nadie más podría ofrecerle mayor estabidadmoral ni mejor posición social.

Esa noche, el comendador Gentilleschi bebiódos litros de vino toscano, comó quesos flamencos y conversó animadamente con futuro yerno. Desde entonces Artemisia no habló con nadie. Casi no ingería alimento y trabajaba hasta muy altas horas de la noche. Con pertinaz voluntad pintaba grandes tablas de oficio intachable e inteligente concepción, de fuerza expresiva, no conocida hasta entonces. Línea definitiva de contrastes contundentes. El color, devino al sepia y gris. La temática se pobló de sueños desnudos, paganos e infernales. Una nueva, calculada y fría sensibilidad se hizo presente, especialmente dotada para la crueldad.

Los preparativos de boda transcurrían con premura. El propio pintor supervisaba la puntualidad de sus encomiendas. Artemisia en esos días empezó a beber fermento de trementino, a masticar pimienta y clavar en su transparente piel la punta de alfileres de argento.

Durante esa primavera se consumó la voluntad de Orazio. Ese día, la ceremonia hubo de suspenderse dos veces. La pequeña Artemisia sufría calor, frío que desfallecía su endeble físico. Le aplicaron sales y se le confortó con aguardiente de castañas. Todos los presentes imaginaron esos desvaríos, como consecuencia de la emoción y como augurio de sumisión; a Dios primero y a su marido después.

Cuando hubo de recibir el cuerpo de Cristo, salieron de su boca gusanos ocres y bermellones en medio de un líquido espso y gelatinoso de extraño color solferino. El abate volteó la cabeza cuando extendió la hostia sagrada. Hostia que ella mordió con tal fuerza, que sus mandíbulas de fierro hicieron un estruendo parecido al que se oye cuando una armadura cae desde la vida hasta la muerte. Al salir de la basílica, los dedos fríos de sus pies se transformaron en moluscos vivos que -desesperadamente- le orillaban al mar. Sólo un gran esfuerzo le mantuvo erguida.

Durante la celebración se vio distante y escéptica. ¿Por qué no tomas bocado? Esa voz rebotó en sus paredes íntimas y se adhirió como pastosa presencia a su ánimo. Nada respondió, pero no pudo dejar de imaginar esa bella y detestable boca recorriendo su cuerpo. Agostino bebía generosamente, reía a carcajadas y de su frente resbalaban fruesas gotas de sudor que dejaban una huella de sal donde caían. Artemisia imaginó ese sudor pegado al suyo y volvió a sentirse fatal de equilibrio. En plena fiesta, la pintora menstruó suspiros que olían a bromuro de yodo y naftalina.

Transparente y azul

Quedaron solos. El lecho fue dispuesto con candor y sobriedad. Los encajes más bellos se trajeron de Brujas y una estatua de nuestra señora de Spermalie -del siglo trece- sería la patrona del recinto. Un dulce olor a manzanilla crecía en esa atmósfera apenas iluminada. Artemisia estaba fría. Con la serena ansiedad de quien espera la muerte. Poco a poco sintió las manos de su marido recorriéndole los muslos. Su sexo mojado exudaba purulento miedo. Sus senos, cúpulas góticas, se erizaron al sentir el roce de una textura agreste. Un pecho de bellos negros bruñía su piel de anémona y pluma. Sus ojos, encendidos y distantes.

Sutilmente, al moverse, recordó que entre sus ropas íntimas vivía una daga turca, pecado que traía consigo desde sus lombardos sueños. La buscó con disimulo. Sin pensar en nada, le fue dejando ir la muerte, primero con andante suavidad y luego con creciente bío. El cuerpo de Agostino respondió con un leve y lejano aliento, como si se le condujera a un sitio conocido y placentero. El cuerpo inerte del maestro expresó gozosa plenitud.

Los ojos de Artemisa Gentileschi -trasnparente y azules- contemplaron ese cuerpo desnudo durante dos horas. Lo fueron gozando, paso a paso, hasta saberlo muerto. Ella disfrutó de las perfectas proporciones de la impertubabilidad y se llenó de ese tiempo sólo reservado a quienes no vivirán el miedo, ni la bondad, ni el agradecimiento, ni otros sentimientos menores. Entonces, empezó a recorrer la belleza con sus pequeños y sensibles dedos. Se cuidó de no dejar un sólo momento de ese cuerpo sin tocar. Su lengua augusta, exploró ese sexo que tanto le recordaba al Antinoo de Delfos. Lo besó místicamente hasta sentir cómo escapaba de sí aquel líquido que sólo la inundaba en la más prounda oración.

Tomó un lienzo de lino y empezó el más exacto cuadro de toda su vida: un autorretrato sin ojos. Al conluirlo, Artemisia estaba ciega.

Un jaguar en el metro
y otros cuentos
Este libro se terminó de imprimir
en el mes de octubre de 1995. Esta
edición consta de 750 ejemplares
rústicos y 250 en pasta dura..........

Impreso en: Talleres Gráficos del Estado. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. México. 1995

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